A la hora de empezar a estudiar lo que dice la Revelación cristiana a propósito de Dios – en esto, como hemos visto, consiste la teología – es sumamente importante que tomemos en consideración lo que, a propósito de Dios, piensa y dice el propio hombre, antes o independientemente del cristianismo.
• No es el cristianismo, en efecto, el que inventa e introduce en el mundo la idea de Dios, o del Misterio. Tampoco lo son las otras religiones, o la religión en general. Toda religión surge, más bien, como respuesta a un problema que es anterior a ella, un problema que el hombre se plantea por sí mismo al reflexionar sobre sí y sobre la realidad que lo rodea.
• Por consiguiente, es muy superficial la teoría según la cual la religiosidad del hombre sería típica y exclusiva de la etapa primitiva de la humanidad, o de la edad infantil del individuo; y según la cual nos encontraríamos entonces ante un fenómeno «pre-racional», o, directamente, «irracional».
• Ciertamente, en la etapa primitiva de la humanidad y en la edad infantil del individuo, la idea de Dios surge y se formula de manera ingenua, hasta mágica. Pero es, justamente, porque en ese momento la razón no se ha desarrollado todavía. Al crecer el hombre, y al enfrentarse con el misterio del mundo y de su propia existencia, es precisamente ella, la razón, la que plantea la hipótesis de Algo o Alguien que guarde en sí la explicación exhaustiva de ese misterio.
Esto significa dos cosas. Primero que existe en el ser humano una tendencia y un impulso constante a plantear por sí mismo, desde sí mismo, desde su condición existencial, el problema de Dios, o de aquello que entendemos con la palabra «Dios».
En segundo lugar, que esa tendencia y ese impulso –al que llamamos «sentido religioso»– es un asunto de la razón. Una razón, por supuesto, que se haya adecuadamente desarrollada. No es difícil, en efecto, observar que el sentido religioso decae o se corrompe precisamente cuando la razón es débil, o cuando no se la usa correctamente.
2. Preguntas y exigencias «últimas».
Pero ¿qué entiende el hombre cuando, reflexionando sobre la realidad, dice: «Dios», o «Alguien», o «Algo»?, ¿Qué es lo que está buscando, o qué es lo que lo mueve a creer, o a plantear la hipótesis, aunque sea, de un Dios?
En primer lugar, si observamos la experiencia de los hombres, y nuestra propia experiencia personal, caemos en la cuenta de que siempre y en todo caso lo que estamos buscando es «la verdad», es decir, el significado de nuestro existir y de todas las cosas, el por qué y el para qué de todo.
Y no un significado cualquiera, o parcial, sino el significado último, esto es, fundamental, exhaustivo, aquel en base al cual pueda uno comprender y afrontar la realidad y la vida en todos sus aspectos e implicaciones.
• Esta búsqueda del significado último de la vida y de la entera realidad, surge en nosotros y se expresa a través de ciertas preguntas que todo hombre, si es hombre, conoce muy bien, como por ejemplo: ¿Qué es la vida?... ¿Qué es el mundo?... ¿Quién soy yo?... ¿Quién eres tú?... ¿Por qué suceden cosas como el dolor, o el mal, o la muerte?... ¿Qué sentido tiene todo esto?... ¿Y por qué, a pesar de todo esto, uno se apasiona y lucha y vive?.
• Es decir: en todas y cada una de estas preguntas es la búsqueda del significado (o de la verdad) la que actúa, la que mueve y provoca y exalta nuestra mente, nuestro corazón, nuestra libertad.
• Y más un hombre es hombre, más se vuelve incansable en planteárselas. La vida, en efecto, nos resulta vacía, y se convierte en algo desesperante, no cuando se nos presenta con problemas, o dificultades, o sufrimientos, sino cuando –a todos y cada uno de esos problemas, dificultades y sufrimientos– no le encontramos sentido.
Al mismo tiempo, siempre si observamos la experiencia del los hombres en general y nuestra propia experiencia personal, no es difícil darse cuenta de que el problema de siempre y de todos es también el de la felicidad. Cuando un hombre piensa o dice: «Dios», o «Misterio», o «Destino», es la felicidad lo que está buscando.
Donde por felicidad se entiende la satisfacción total (si no es total no es satisfacción) de ciertas «exigencias» que anidan en el corazón de todo ser humano, sean las que sean las circunstancias en las que uno nace: raza, cultura, geografía, momento histórico, etc.
¿Cuáles son?... La primera ya la hemos visto: la exigencia de la verdad, es decir, de encontrar el significado, la explicación, el sentido de la vida y de todas las cosas. A renglón seguido vienen: la exigencia del amor, la exigencia de la justicia, la exigencia de la belleza; y también la necesidad que tenemos de que sean franqueados todos los obstáculos, es decir, la exigencia de una redención.
• Característica esencial de estas exigencias es que también son últimas, al igual que las preguntas de las que hablamos más arriba: no, obviamente, en el sentido de que vengan al final, o después de otras, sino en el sentido de que son radicales, son el fundamento de todas las otras.
• Podemos llamarlas también «ideales», o «valores» (concepto, éste último, muy en boga hoy en día, tanto entre los creyentes como entre los laicos). Incluso las podemos identificar con los famosos y tan importantes «derechos humanos» reclamados, al menos teóricamente, por todo el mundo. Pero el término «exigencias» es muy importante, tiene una importancia decisiva, porque expresa la vinculación de esos ideales y valores y derechos con la raíz misma de nuestro yo.
• Los «ideales», por tanto, y los «valores», y los «derechos humanos», son exigencias radicales de nuestro ser, cosas que nuestro ser necesita y exige de modo inexorable. Lo cual significa, como consecuencia lógica, que no están disponibles para ninguna de las tergiversaciones subjetivas e ideológicas tan frecuentes hoy en día.
• Una de las cuales es cuando se los somete al arbitrio de los poderosos, quienes seleccionan e imponen el ideal, o el valor, o el derecho que más les conviene. Otra tergiversación es cuando se reducen valores e ideales a «sueños» - “¡sería lindo, pero no es posible!...” – o a «géneros», es decir, a aspectos y características secundarias, accidentales del ser humano, intercambiables, por tanto, según le plazca y guste a cada cual.
3. Naturaleza del sentido religioso.
Pues bien: aquello que llamamos «sentido religioso» se ubica, justamente, en el nivel de las preguntas y exigencias últimas. Coincide con ellas. Y desde ahí se extiende a todas las otras, penetra e invade a todas las otras. Oculto pero determinante, late y actúa en cada una de ellas.
Es como una chispa que salta en el impacto entre el «yo» y sus preguntas y exigencias últimas; una energía que se libera desde el preciso instante en que una persona, al tomar conciencia de esas preguntas y exigencias, se compromete con ellas.
Así, cuando un hombre está buscando, de una u otra manera, el significado de la vida y de todas las cosas, o cuando está tratando satisfacer su hambre de verdad, de amor, de justicia, de belleza, de felicidad, es el sentido religioso el que se ha activado y que actúa en él.
• Claro que si una persona se deja estar, o se deja llevar por la corriente, si una persona no está comprometida con su vida y no la toma en serio, es difícil que esa chispa prenda y esa energía se libere.
• Nótese, sin embargo, que esas preguntas y exigencias permanecen. De hecho, nadie se las puede sacar de encima. Son tan radicadas en la mente y el corazón, tan propias del ser humano como tal, que si uno intenta borrarlas no puede: como brasas bajo las cenizas, siguen ahí, ardiendo en sí mismas, o estallando en cualquier momento y disparando en cualquier dirección.
Todo esto nos permite identificar la naturaleza del sentido religioso, es decir, sus características esenciales y constitutivas.
La primera es su pretensión de totalidad. Es el sentido religioso, en efecto, el que nos convierte a todos en seres insaciables. Porque nadie puede conformarse durante mucho tiempo con respuestas «parciales» a sus preguntas y exigencias últimas, o con una verdad, un amor, una justicia, una belleza, una felicidad «a medias». El sentido religioso es hambre y sed de infinito, es nuestro propio «yo» cuando éste se descubre hambriento y sediento de infinito.
• Por eso lo llamamos «religioso». Y por eso la actitud religiosa está presente en el ateo convencido como el creyente. No existe persona – atea, agnóstica o nihilista – que pueda liberarse del anhelo de infinito, de tal manera que cualquier cosa uno haga para saciarla, es una religiosidad la que expresa, es un «dios» al que está afirmando, amando, sirviendo.
• Nótese que no hace absolutamente falta que el «dios» sea teorizado o definido en un sistema de pensamiento. Se lo puede encontrar incluso en la más banal práctica de vida. Puede ser la diversión, el dinero, la carrera, el trabajo, el poder, la política, la ciencia... Siempre y en todo caso es algo hacia el cual dirige el hombre una total devoción.
La segunda característica fundamental del sentido religioso es su vinculación con la razón: de ninguna manera se lo puede reducir a brote romántico sentimental o a producto del inconsciente. La pregunta por el significado último de la realidad y de la vida, o las exigencias de amor, de justicia, de belleza, de felicidad, son cosas del hombre mentalmente sano, son cosas de la razón en su mayor lucidez.
• Por lo cual, tenemos que reconocer como no hay nada tan racional como el sentido religioso, ya que siempre y en todo caso la razón está implicada. Y nada es tan razonable como el sentido religioso cuando éste vislumbra al Misterio: allí, el sentido religioso se identifica con la razón misma, es la razón en su vértice, el punto más alto (o profundo) al que la razón logra llegar.
4. Dinámica del sentido religioso
Pero las preguntas de la mente y las exigencias del corazón – es decir, el sentido religioso – no se despiertan ni entran en acción solas, o en forma espontánea. Como todas nuestras capacidades y energías psíquicas, también el sentido religioso, para ponerse en marcha, necesita un impulso, es decir, una provocación, un llamado.
Pues bien: Este llamado y esta provocación nos llega de la realidad, del impacto y el encuentro de nuestro yo con la realidad.
1. El estupor ante la «presencia» de las cosas.
Supongamos que al momento de nacer hubiésemos tenido ya la conciencia que tenemos ahora: ¿cuál habría sido la primera reacción, la primera impresión, el primer sentimiento que nos hubiera embargado por completo?... Si yo abriera de par en par los ojos por primera vez en este instante, con el desarrollo y la inteligencia que tengo ahora, me vería invadido por el estupor, o asombro, que provocarían en mí las cosas por el simple hecho de que existen, de que «están ahí».
Es decir: me invadiría por entero un sobresalto de admiración por esa presencia que expresamos en el vocabulario corriente con la palabra «cosa». Lo que es una versión concreta, y, si se quiere, banal, de la palabra «ser», pero no como entidad abstracta, sino como algo presente, algo real, algo que existe antes que yo, independientemente de mí. Es decir: una presencia que se me impone y que me atrae.
• No tiene ningún fundamento científico la teoría según la cual la religión, en la historia de la humanidad, ha nacido del miedo. No es el miedo el primer sentimiento que experimenta el hombre cuando toma conciencia de las cosas, o de la realidad.
• El primer sentimiento es el atractivo, la fascinación. El miedo aparece en un segundo momento, cuando el hombre percibe el peligro de «perder» esa realidad que lo atrae tan poderosamente, de no poder disfrutar de ella, máxime cuando ciertos fenómenos, por ejemplo, de la naturaleza amenazan su vida.
2. La percepción de la realidad como «don».
En mí, hombre, si soy sensible y atento, el estupor ante la realidad, ante el espectáculo imponente del mundo y de la vida, va acompañado por el descubrimiento de que las cosas del mundo y de la vida por un lado no son mías, pero, por el otro, son para mí... Y empiezo a concebir, a mirar la realidad no como algo frío y hostil, sino como don.
• Descubro que no son mías porque no las hice yo, porque no soy el autor o creador de ellas. Pero siento también que son para mí, que están hechas para mí, porque corresponden a mi ser. Por eso me atraen. Y por eso que, cuanto más sensible e inteligente es uno, tanto más se ve invadido, ante la belleza misteriosa de las cosas y de las personas, por una admiración y una nostalgia sin límite.
Es entonces cuando vislumbra el hombre, tras la figura de cada cosa, la presencia del Misterio. Alguien más grande que uno, Alguien que no se ve, directamente – por eso decimos Misterio–. Alguien, sin embargo, del que todo depende y en el cual encuentran las cosas su consistencia.
Y es entonces cuando uno comprende que la realidad es un hecho real, objetivo, no un sueño, ni un producto de su imaginación. Todas las cosas, de las más grandes e imponentes hasta las más pequeñas y frágiles, existen y consisten gracias al Misterio que las haces.
• También se comprende (o deberíamos comprender) que no somos «dueños» de la realidad, que no podemos hacer, con ella, cualquier cosa. Y que sólo podemos disfrutar de ella si reconocemos y respetamos su «alteridad», es decir, su origen y su destino.
3. El descubrimiento de la realidad como «cosmos».
En el encuentro con la realidad, el yo también cae en la cuenta de que dentro de ella hay un orden, que la realidad es «cósmica», es decir, ordenada («cosmos», en griego, significa, justamente, «orden»). Entonces se pregunta: ¿A qué – mejor, a Quién – se debe todo esto?
Ante el espectáculo de una realidad tan inmensa y al mismo tiempo tan coherente, tan cohesionada, regulada como es por leyes que los científicos no terminan nunca de descubrir e investigar; por leyes que, ante fenómenos nuevos e imprevisto que parecen contradecirlas, no sólo no caducan, sino se aclaran e integran en el orden universal; ante semejante «cosmos», es muy difícil, para la razón, conformarse con la idea de que todo esto dependa del «Caso», o de un anónimo y abstracto «Espíritu Absoluto».
• Kant, el gran filósofo de la modernidad, confesó que el momento en que sentía suscitarse en él una objeción total a su teoría según la cual el hombre no puede, a partir de la realidad, remontarse a un Creador, era cuando salía de casa y, al levantar la cabeza, contemplaba el cielo estrellado. (Kant, Inmanuel; Crítica de la razón práctica, Ed. Sígueme, Salamanca 1995, pág. 197).
4. El descubrimiento de una realidad «providencial».
En el impacto con la realidad, el sujeto encuentra mucho más razonable la afirmación de las religiones incluso más antiguas, y especialmente de la Biblia, según las cuales hay un Designio, o una Providencia, que misteriosamente lo preside todo: el movimiento fijo de los astros como el movimiento libre de hombres y pueblos.
• Un día, en la ciudad de Listra (Asia Menor), Pablo y su compañero Bernabé habían despertado una tal admiración en sus oyentes paganos, que éstos habían sacado turíbulos e incienso para venerarlos como dioses. Entonces Pablo dijo: “Amigos, ¿por qué hacen esto? Nosotros somos hombres como ustedes, y les predicamos que abandonen esas cosas vanas y vuelvan al Dios vivo: Aquel que hizo el cielo, la tierra, el mar y cuanto hay en ellos; Aquel que en las generaciones pasadas permitió que los pueblos siguieran sus propios caminos, pero sin dejar de derramar sus bienes, enviándoles desde el cielo lluvias y estaciones, y llenando sus corazones de sustento y alegría” (Hechos 14, 15-17).
• Y el mayor científico del siglo XX, Albert Einstein, debió estar muy cerca de este modo de ver las cosas, si llegó a escribir: “La emoción más bella y profunda que podemos percibir es el sentimiento del misterio; ahí está el germen de todo arte y de toda ciencia verdadera. Quien cree que su vida, y la de sus semejantes, está priva de significado, no sólo es infeliz, sino que apenas es capaz de vivir. La preocupación por el hombre y su destino debe constituir siempre el interés principal de todos los esfuerzos técnicos; no lo olvidéis nunca, en medio de vuestros diagramas y ecuaciones” (Einstein, Albert; Mi visión del mundo, Tusquets, Barcelona, 1986).
5. La dependencia radical del yo.
En este momento, si estoy atento, es decir, si soy una persona madura, yo no puedo negar que la cosa más evidente de la vida es que yo no me hago a mí mismo, que incluso en este preciso instante yo no me estoy haciendo a mí mismo.
No me doy yo el ser, o la vida, no me doy yo la realidad que yo soy. Lo que soy me es dado, yo mismo soy algo «dado». Más adulto, o maduro, soy, más caigo en la cuenta de que dependo, radicalmente, del Misterio, es decir, de Otro, más grande que yo y superior a todo, raíz y fuente de todo.
• Al hacerme adulto, yo veo cada vez más claramente que mi existencia y personalidad no dependen, única y exclusivamente, de mis antecedentes biológicos y sociales. Éstos, evidentemente, tienen muchísimo que ver con lo que yo soy. Mi familia, el ambiente y la cultura en que he nacido, han influido e influyen profundamente sobre mí.
• Sin embargo, no es menos evidente que todo eso no es suficiente para explicarme a mí. Yo soy más que la suma de mis antecedentes biológicos y sociales. Al igual que todos y cada uno de los restantes seis mil millones de seres humanos del planeta, yo soy único, inédito, no repito a nadie y nadie me repite a mí.
Ahora bien: ¿A qué se debe, esta clamorosa e incansable anomalía de la naturaleza, si no es a Alguien que sea el Autor y Regidor de todo?... Es decir: esa «cosa» única, excepcional, que yo soy me obliga, obliga mi razón a plantearse seriamente la «hipótesis», aunque sea, de Dios.
• Por supuesto, una hipótesis no es una certeza todavía. Pero esto de ninguna manera me autoriza a abandonarla. Más bien, me exige e impulsa a que la asuma y averigüe atentamente.
• Negar o eliminar la hipótesis de Dios, es ir en contra de la razón, obligarla a renegar de sí misma y a callar su exigencia de explicación total del hombre y el mundo.
• También, es ir en contra del corazón, obligarlo a callar sus inmensas exigencias de verdad, de amor, de justicia, de belleza, de felicidad. Y yo tendré que conformarme con verdades, amores, justicias, bellezas, felicidades parciales, o «lights», como quien dice. Es decir, tendré que obligar mi corazón a vivir en una insatisfacción y una frustración permanente.
• Finalmente, negar o eliminar la hipótesis de Dios como fuente última de lo humano, es ir en contra de la libertad, renunciar a ser personas libres. Si no reconozco mi dependencia de Dios, y si reniego de ella, o si no la quiero vivir, estoy abriendo de par en par mi vida al arbitrio de quien tiene el poder; estoy ofreciéndome desarmado a la violencia del poderoso o los poderosos de turno: la sociedad, el Estado, los medios, las ideologías, etc.
6. Una ley en el corazón.
Por último, siempre si observamos atentamente la experiencia de los hombres y nuestra experiencia personal, descubrimos que existe en nosotros una voz que, en concomitancia con cada una de nuestras acciones, dice: «bien», o dice: «mal».
• Es decir: la experiencia del yo lleva consigo la percepción del bien y del mal. Es lo que la Biblia define como “la ley escrita en los corazones” (Romanos 2, 15), y que comúnmente llamamos hoy moral (o ética) natural.
Ahora bien: ¿Quién ha grabado esa ley en el corazón del hombre? ¿De dónde viene, de Quién es esa voz que dice: «bien» o «mal», «justo» o «injusto»?... De Aquel – dice la razón – que es la fuente de nuestro ser. No somos nosotros los que nos damos, o los que escribimos, la ley moral: la recibimos al recibir el ser, al recibir la vida.
• Una vez más – y justo allí donde el yo se percibe a sí mismo de la manera más íntima y decisiva – la presencia del Misterio se impone. Aquel que es la fuente de donde brota muestro ser, es el mismo que introduce en nosotros la vibración de esa voz que aboga por el bien y remuerde por el mal.
Por eso, la ley moral es «sagrada» y «natural» a la vez: sagrada porque viene de lo Alto; natural porque radica en nuestro ser, es parte constitutiva de nuestro yo.
Entonces comprendemos que el drama del mundo es cuando los hombres no atendemos la ley moral, cuando decidimos cambiar las reglas del juego, o de la vida.
• Lo cual sucede, antes que nada, porque la conciencia nuestra, ahí donde esa voz resuena, se encuentra muy a menudo como oscurecida, o invadida por otras «voces» que desde el medio en que vivimos se sobreponen a ella y la hacen callar.
• También sucede cuando quien detiene el poder impone su propia ley. Normalmente, esto se da por manos de un tirano, o un dictador. Pero suele suceder también en los regímenes democráticos, todas las veces que una mayoría convierte en ley su propia e interesada interpretación de las normas morales, o del derecho natural.
5. La realidad, «signo» del Misterio.
Al término de este recorrido, a lo largo del cual hemos visto la naturaleza y la dinámica del sentido religioso – es decir, en qué consiste, y cómo se despierta y actúa en nosotros –, debemos apuntar una conclusión muy importante: el sentido religioso provoca en nosotros un nuevo modo de mirar la realidad, un nuevo método para el conocimiento de las cosas. Concretamente, nos induce a considerar la realidad como «signo».
¿Qué es un signo? Una cosa que se ve y se toca y que, al verla y tocarla, me mueve hacia otra cosa, me remite a otra cosa distinta que no veo ni toco y que entraña, sin embargo, la explicación de lo que veo y toco. El signo es una realidad cuyo sentido es otra realidad.
Así, al abrir los ojos, yo me encuentro delante cosas y personas que provocan en mí una «apertura». El modo como la realidad se me presenta es una solicitación a abrir mi mente en busca de otra realidad que la explique adecuadamente.
• La mirada que lanzo a la realidad no produce en mí el resultado que se produce en una película fotográfica. No sólo me «impresiona»: me impresiona y me mueve.
• Lo real me solicita a buscar otra cosa que está más allá de lo que aparece inmediatamente. La realidad aferra mi conciencia de tal manera que ésta presiente y percibe algo distinto.
• Ante el mar, la tierra, el cielo y todas las cosas, yo no me quedo impasible, sino que me siento animado, movido, conmovido por lo que veo. Y esto me pone en marcha para buscar otra cosa que es diferente de lo que veo.
Es así como llega el hombre a entender que la realidad remite al Misterio, es signo del Misterio: es la propia realidad la que nos llama a buscar en Otro su significado último.
• Nótese que esto del signo es también el modo normal en que se producen las relaciones entre nosotros los hombres: las maneras en que busco decirte mi verdad y comunicarte mi amor, son signos.
• Si un marciano, de visita a la tierra, viera a una madre dar un beso a su hijo, se preguntaría el significado de ese gesto. Y ya estaría en marcha hacia la comprensión de que existe una realidad que antes él desconocía: la realidad del amor.


